miércoles, 29 de octubre de 2008

Día 11 – Camelgata

Fue una noche difícil. La estufa se apagó creca de la medianoche y el ger parecía un iglú, pese a que estábamos envueltos como oruga en su capullo entre dos edredones de duvet. Además, no pudimos encontrar en toda la noche una posición medianamente cómoda sobre nuestro “colchón”, un antiguo sofá cama de madera dura, demasiado dura.


Al abrir la puerta del ger el paisaje nos hizo olvidar las penurias de la noche. La planicie desértica se extendía hasta el blanco de las montañas nevadas. Más cerca, las siluetas de varios camellos se recortaban a contraluz.

Después de ver cómo ordeñaban a las cabras, el jefe eligió un camello para cada uno. Mugui nos enseñó cómo montar y partimos los cuatro rumbo a las gigantescas dunas.






Cruzar las dunas a camello oyendo los cantos de nuestro anfitrión nos remontó a otros tiempos.






Fascinados recorrimos durante cuatro horas las dunas del Gobi hasta llegar a una planicie donde paramos para comer.

Tres horas más de camelgata nos devolvieron al campamento, cansados, doloridos, felices.





Después de la cena el jefe de la familia y su mujer visitaron nuestro ger para mostrarnos las medallas ganadas por él en carreras de camellos y su álbum de fotos, un libro sobre caballos en cuyas hojas pegaron fotos familiares y de sus invitados.

Antes de desearnos buenas noches nos dieron unos regalos que ellos mismos hicieron para nosotros: un juego con huesos de cabra y un llavero de lana.

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