miércoles, 29 de octubre de 2008

Día 8 – Desierto de Gobi – Flaming Cliffs.

Sólo se escucha el crepitar del fuego en la salamandra. De cuando en cuando se deja oir también una ráfaga de viento. Afuera nieva y está muy obscuro.

Es casi medianoche en el desierto del Gobi y nuestro ger nos guarda de la inhóspita combinación de frío viento y nieve.

Hay algo familiar y cálido en lo primitivo, algo que produce una sensación de bienestar. Hace tres mil años que los mongoles viven de esta manera, transmitiendo de generación en generación una forma de vida que respeta y da gracias a la tierra.

Y hoy fue un día para agradecer. Empezó bien porque cuando a las 6 am llamó Mugui, nuestro guía, yo me desperté sin fiebre. Me di una ducha mientras Vicky preparaba el equipaje y veinte minutos después estabamos rumbo al aeropuerto de Ulan Bator.

El pequeño turbo-hélice aterrizó en la diminuta ciudad de Gurvan Saikhan, la más grande del Gobi.




Mugui nos presentó a quien sería nuestro conductor, Toc-Toj, un tipo enorme y con cara de bonachón que no habla inglés.

Subimos los cuatro a la camioneta y fuimos al centro a cargar nafta. Vicky y yo aprovechamos para comprar un pantalón cargo cada uno en un negocio al paso, pensando que en el desierto podríamos tener calor. Tan al paso era el negocio que ni probador tenía y la vendedora me señaló un rincón que se veía desde la puerta, la vidriera, y el centro del negocio.

De ahí tomamos la carretara de nuevo y después una huella. Media hora más tarde llegamos al Three Camel Lodge, habiendo avistado por el camino varios camellos y un gigantesco pájaro carroñero llamado Yol.


Nuestro ger es una típica tienda mongola, de forma circular, soportes radiales y una decoración viva en naranjas y azules. Nos encantó.






Almorzamos en el restaurante del lodge, otro ger pero enorme y decorado con fotos de fauna del lugar, y después de comer vimos la película “El camello que llora”, que vale la pena ver y que ilustra la vida de los nómades del Gobi.

A las 5 pm nos encontramos de nuevo con Mugui para hacer una excursión a los “Flaming Cliffs” unos milenarios acantilados naranjas famosos por sus riquezas en fósiles.






La Dra. Erhart, devenida flamante paleontóloga, encontró varios trozos de cáscara de huevo de dinosaurio, que junto a unas rocas con corazón de cristal que le comparmos a un lugareño, y a algunas piedras que recogimos, pasaron a conformar nuestro tesoro arqueológico y bien más preciado.

Se fue yendo la luz y regresamos al campamento de noche, preguntándonos cómo hace Toc-Toj, el conductor, para orientarse en un oceano de tierra que parece no tener principio ni fin.

Ya de regreso cenamos y de pronto alguien entró al comedor diciendo que había comenzado a nevar! Ahorremos adjetivos porque no hay cómo hacerle justicia a tal percepción visual.




Disfrutamos un rato de la nieve; sacamos fotos y nos refugiemos en nuestro ger, donde la salamandra nos mantiene calientes.

Cada mañana los mongoles hacen una ofrenda a la tierra en forma de agradecimiento. Mañana la tierra tendra una nuestra.

2 comentarios:

Unknown dijo...

Ojo con la aduana cuando pasen los huevos de dinosaurio!!!
A ver si quedan detenidos en Mongolia.

JOSE Y VICKY dijo...

los huevos mmm... donde los podremos llevar bien disimulados? Algo se nos va a ocurrir :-)