Escribo acostado boca abajo en mi litera, así mis ojos alcanzan la ventana si quito la vista del papel. Afuera el cielo se funde con la bruma matinal, sólo atravesada en el horizonte por una sucesión de cerros obscuros que sirven de marco a un paisaje otoñal. Arboles bajos, plantados hace poco en hileras, extrañan el verde y combinan con el suelo terroso y los distintos tonos de marrón que lucen orgullosas las cabañas de troncos y techos de chapa.
Según la provodnitsa, la encargada del vagón, ya pasamos Ulan Ude. Por fin estamos relajados. Es la mañana del domingo y dormimos bien en el tren. Vicky busca en la Lonely Planet (guia de viaje) algunas palabras en ruso que nos ayuden a comprar el ticket que nos falta, mientras juega con el nene ruso, del cual nunca supimos el nombre y a quien bautizamos Ivanito por su terrible adicción a pegar sus mocos en objetos ajenos.
El viernes y el sábado fueron algo estresantes debido a impensadas dificultades para conseguir boletos de un tren que nos lleve de Irkutsk, Siberia a Ulan Bator, Mongolia.
Retomando el hilo donde Vicky lo dejó, el viernes desayunamos en nuestro hotel de Moscú. Hicimos check out y dejamos guardado el equipaje para aprovechar el día, ya que nuestro vuelo a Irkutsk salía a las 0:55 am del sábado y teníamos todo el día por delante.
Según internet existe un tren Irkutsk – Ulan Bator que podíamos tomar al día siguiente de llegar a Irkutsk, y que llegaba a destino a tiempo para empezar nuestro tour en Mongolia, así que fuimos a una agencia de venta de pasajes cercana al hotel para dejar solucionado esto antes de ir a pasear. Que ilusos!
Una agencia nos mandó a otra y esa otra a una tercera, con explicaciones en ruso indescifrables que hicieron que pasáramos toda la mañana caminando de aquí para allá, para que finalmente en la cuarta o quinta agencia, ya en una terminal de trenes, nos dijeran que sólo podríamos comprar ese boleto en Irkutsk.
Vicky me interrumpe y me saca de la escritura. No se cómo pero consiguió escribir en cirílico la frase “Necesito 2 billetes a Ulan Bator en este tren. Dónde tengo que pagar?” Me da la hoja con el texto y me encamino a ver a la provodnitsa para preguntarle si puede ayudarnos. Le muestro el mensaje y me dice “Naushki”. El dibujo nunca fue mi fuerte, pero no se me ocurre otra cosa que dibujarle esto:
Ella mira y asiente con la cabeza y un “Da!” demasiado categórico para seguir preguntando. Vuelvo al camarote. Vicky le enseña la guia al vecinito, con mímica y un español claro que el chiquito parece entender mucho mejor que nosotros el ruso.
Volvamos con mi relato a Moscú y nuestro frustrante peregrinar por su agencias de venta de pasajes. Decidimos dejar la compra del boleto para Irkutsk y nos encaminamos al Museo de Historia Contemporánea. Es impresionante! Sobre todo nos impactaron las salas dedicadas a la Segunda Guerra.
Después, en las dedicadas a la época de la Guerra Fría se ve ya una importante crítica a algunos aspectos de la era soviética, sobre todo a lo relacionado con la supresión de derechos civiles. Ya llegará, en algunos años, una ola re-revisionista que revise este revisionismo y les recuerde a los revisionistas de hoy que la comida, vivienda, salud y educación son derechos también, aunque hayan pasado de moda.
Del museo, ubicado en la calle Tverskaya, un ícono en la vida moscovita, caminamos hasta la Plaza Roja para verla de noche y sacarle unas fotos con sus edificios iluminados, previo paso fugaz pr un café.
Ya entrada la noche fuimos de la plaza al subte y al hotel, donde recogimos el equipaje y tomamos un taxi al aeropuerto.
En el aeropuerto doméstico nadie habla inglés; casi no hay carteles; y tienen procedimientos propios y diferentes para todo. El resultado es no entender nada y se agrava cuando, como en nuestro caso, el vuelo resulta demorado un par de horas.
Volamos a Irkutsk, dejando Moscú a las 2:40 am del sábado, llegando 1:30 pm por la diferencia horaria. Es un vuelo doméstico que equivaldría, en kilómetros, a ir de Buenos Aires a Bogotá.
El avión aterrizó y un micro nos llevó a un edificio secundario donde retiramos el equipaje. Había un mostrador que ofrecía taxis oficiales y pedí uno. La chica dejó el mostrador y salió con nosotros a la calle, dirigiéndose a un grupo de choferes que esperban cerca de sus autos. Habló con uno que abrió al baúl para que pudiéramos cargar nosotros todo nuestro equipaje. Subimos y el tipo se dirige a los demás choferes y les pide que lo empujen. Tras varios intentos infructuosos, y no queriendo ser los causantes de alguna hernia, logramos que nos devolvieran el equipaje y caminamos hasta la calle donde tomamos un taxi común.
Irkutks es precioso. Es una ciudad mediana que conserva una gran cantidad de casas antiguas construidas de madera en estilo siberiano. Es limpia, pintoresca y fácil de caminar. El hotel Victoria recibió a su homónima con un cuarto pequeño pero limpio, y un baño que, si bien nos preocupó por tener un balde enorme lleno de agua, tenía una ducha rebosante de agua caliente. Nos bañamos y salimos a la calle.
Era sábado a la tarde y el centro de Irkutks estaba concurrido. Lo recorrimos buscando una agencia de viajes para comprar el dichoso boleto de tren a Ulan Bator. No encontramos ninguna.
Tomamos el tranvía número 1 a la terminal de trenes, donde después de buscar y buscar Vicky encontró un área que vendía “bileti” internacionales. En la ventanilla nos dicen “Niet” cuando pedimos boletos para el tren rápido que queríamos tomar. Nos ofrecen un tren más lento que no nos sirve porque llega a Ulan Bator un día después de que inicia nuestro tour, perdiendo nuestro vuelo a Gobi.
Salimos de la estación preocupados y volvimos al hotel a tratar de conseguir por internet un vuelo a Ulan Bator. No hay vuelos. No hay una sola agencia de viajes abierta. Llamamos a las aerolíneas y nos informan que todos los vuelos están cancelados.
Jack al rescate.
Sentados en nuestro cuarto del Hotel Victoria en Irkutsk, Vicky leyó la guia una vez más buscando algún dato que pudiera ayudarnos. Entre las agencias listadas mencionan a un tal Jack “que habla inglés”. Solo tenía un link a una página web, y ahí figuraba un teléfono en Irkutsk. Llamamos y atendió una voz algo sorprendida de que un sábado a la noche lo llamaran extranjeros. Le explicamos la situación y ofrecido llamar él a la estación de tren. Nos llamó al rato y dijo que nuestra única oportunidad para llegar a Ulan Bator el lunes era tomar el tren 367 (el lento) que salía… en menos de una hora! Además nos aclaró que como eran más de las 6 pm no podríamos comprar un boleto internacional a Ulan Bator, pero sí uno en el mismo tren hasta Naushki (ciudad en la frontera rusa con Mongolia), y que una vez allí tratáramos de comprar una extensión de boleto a Ulan Bator.
Con esos datos empacamos a toda velocidad; hicimos el check-out ante la incomprensión de la rusa de la recepción ya que habíamos llegado hacía apenas unas horas.
Bigun! Bigun!
Taxi y a la estación. Llegamos veinte minutos antes de la salida del tren. En cada ventanilla nos dicen “niet” y señalan hacia otro lado. Faltan diez minutos y quedamos en la fila de la ventanilla número 1 donde cuando nos llega el turno la vendedora nos pregunta la fecha y hora de los boletos. Como podemos le explicamos que necesitamos boletos a Naushki para ya. Nos da los tickets. Faltan dos minutos y sabemos que los trenes rusos no se retrasan ni uno.
La rusa nos mira y grita “Bigun! Bigun!” haciendo la mímica de un maratonista en los últimos cinco metros de las olimpíadas. Y cómo corrimos. Salimos del edificio y con los bolsos a cuestas cruzamos toda la estación hasta el edificio de salidas, donde se podía ir en tres direcciones: derecha, izquierda y abajo por una escalera a un túnel. Treinta segundos. Le mostramos los billetes a un tipo, creemos adivinar la respuesta y nos lanzamos escaleras abajo hacia el túnel. Ahí una flecha y el número cuatro indicaban nuestra plataforma de salida. Atravesamos una puerta y el tren todavía estaba ahí, a punto de salir. Lo abordamos y llegamos a nuestro camarote. Apoyamos los bolsos en el suelo y nos sentamos para recobrar el aliento. Casi de milagro y por escasos segundos estábamos en ruta.
Se despierta Vicky y me pregunta dónde estamos. Difícil saberlo. Salgo del camarote y encuentro un ruso que dice que en treinta minutos llegaremos a Naushki. El desafío será ahora bajar en la estación, conseguir un cajero automático y comprar dos tickets de Naushki a Ulan Bator antes de que el tren vuelva a partir.
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